jueves, 7 de agosto de 2008

lo real

























































Los ejercicios acostumbrados de contemplación, deriva, ilusión, hastío y fracaso empezaban a resultarle francamente tediosos por lo obvio de su repetido desenlace. No había sorpresa ni credibilidad posible en sus rutinas, de pesos y medidas ya contrastadas, y sin apenas fuste como para servir de motor de cambio alguno. En sus pacientes y penetrantes jornadas de cuerpo recostado y pensamiento ingrávido, comprendió que muchos de los ítems que utilizaba como ansiolíticos, habían terminado por orquestar una macabra coreografía de la que era prisionero, habiéndose abandonado a inercias involuntarias.

“Soy prisionero de mis terapias, y las medicinas se han transformado en ansiógenos cegadores”.

Una cierta y persistente sensación de incomodidad le había acompañado desde siempre. como un silente soplo de melancolía que en ocasiones le había proporcionado momentos de dulce y triste plenitud, pero que en la medida en que era fuente de inacción y estatismo, había empezado a resultar exasperante, y todo punto innecesaria. Se dijo a sí mismo: voy a dejar de ser una persona triste.
A su alrededor, no eran pocos los que consideraban que su perenne, parsimoniosa y autoflagelante soledad era en realidad un teatrillo de peluche existencialista, la párvula pretensión del que busca edificarse una identidad magnética a base del runrún de un malestar de ópera ficción. Sin embargo, y pese a haber llegado a ese momento en la vida en el que se supo completamente solo, no había logrado dejarse derrotar por las voces de los demás. Los otros no habían podido acabar con su tristeza, como tampoco él mismo, así que su relación con su propia melancolía se había vuelto terminantemente cerebral, distante y crítica, sin espacio para el miserabilismo. “Tristeza, sé que estás ahí y eres de verdad, pero no voy a ser tu cómplice”, redactó en uno de sus poemas, en los que ya no creía.
La disconformidad con su perenne desánimo le había llevado a interesarse por el mundo de la psicología, la teología, la filosofía y la quiromancia, pues tales parecían ser las únicas disciplinas que atendían el asunto que le preocupaba. Los gritos y los susurros del aparentemente plácido y jubiloso consumismo de sus congéneres no le podía resultar más ajeno, pues sabía que la fórmula del capitalismo sólo funcionaba a costa de renunciar a la satisfacción, precio que él no estaba dispuesto a pagar. El cerco con el que pretendía acorralar, atajar y desmontar su tristeza le había llevado a hacerse preguntas cada día más severas y generales, en divagaciones metafísicas muy poco contrastables en la opacidad de lo real, hasta que en un determinado momento asumió que para destruír esa melancolía con la que se resistía a convivir, era necesario llegar a comprender los Absolutos. Llegó en sus delirios esencialistas, a interrogarse por los pilares del cielo y del infierno, de lo Justo, lo Bello, lo Divino y lo Humano, sin hallar respuesta.
Su obsesiva y caótica búsqueda de los límites de la realidad había producido frutos más amargos de los deseados. En una revelación perseguida, argumentada, paciente y finalmente azarosa, logró durante breves instantes contemplar el mundo desde una atalaya límpida de las distorsiones del Yo y de Lo Humano que se interponían como murallas en su búsqueda. Saliendo de sí mismo(del único modo posible), contempló a sus semejantes enfrascados en sus vidas, y descubrió que la cordura y conciencia que les guiaban no eran sino formas inconscientes de una esquizofrenia compartida y consensuada, cargada de armas lógicas y sentimentales para mantenerse a salvo de inquisiciones que restasen credibilidad a su innegociable verdad. Supo entonces que todo del aparataje intelectual de la especie humana no era más que una sofisticada y casual invención de la naturaleza para salvar de la autodestrucción a un producto orgánico con la comida asegurada.
Se dijo: el hecho cultural es un velo con el que nos escondemos de lo innecesario de nuestra existencia. El pensamiento fue un arma de conquista que, una vez todo fue conquistado, hubo de perpetuarse mediante el autoengaño. La razón se ha vuelto innecesaria una vez sobrepasó el motivo que la hizo imprescindible: garantizar la supervivencia. La falacia de la existencia de nuestra “humanidad” nos mantuvo a salvo de la gélida inanidad del hecho de estar vivos. Mi vida no es más que un trozo de la vida, de toda ella, la de ayer y hoy y mañana, que extrañamente y sin motivo aparente evolucionó hasta tener en mí a alguien capaz de saber que existía.

En un café, como sus ídolos románticos, apuntó en una libreta sus pensamientos intentando que su redacción resultase bella y heróica. Se perdió luego y como siempre en la ciudad, sabiéndose trágico salvaguarda del secreto más lastimero, de la verdad prohibida que a otros antes que a él había condenado a un temperamento melancólico y huidizo. Escondió su revelación en un supermercado en el lugar más ubicuo y por tanto menos desenmascarable: en brick de cartón, con su código de barras y envasada al vacío.
A continuación, olvidó sus fetiches culturales y se sumergió en el silencio. Dejó de creer en la vanguardia y se rió con sorna de la vacuidad del arte, la ciencia y la pornografía. Se puso ropa cómoda para, como todo el mundo, disfrutar distendidamente del tiempo que le restase hasta su muerte.

Fin.

martes, 5 de agosto de 2008

zombies party






















Las anécdotas siempre son bien recibidas cuando pertenecen al limbo de los recuerdos a los que hemos sobrevivido, o mucho mejor cuando son cosas fuertecitas y graciosas que le pasan a los demás. Así que la anécdota que os voy a relatar a continuación, por ser aún demasiado reciente como para haberla convertido en leyenda, y teniendo en cuenta que soy uno de los protagonistas, es de las que tengo ahora mismo en las páginas de Sucesos truculentos. O no. No sé, tiene su componente de susto, de putada pero también y como reconocía una de las implicadas, de comedia cutre de teenagers serie z. Ahora empiezo a reírme al recordarlo, pero maldita la gracia que me hizo en el momento.

La odisea empezó el sábado por la tarde, con servidor bailoteando él solo en su chambre y flipándolo con lo que prometía ser una noche de infarto, un reencuentro por la puerta grande con los grandes saraos techno de los que me gustaban en los 90, uno de los momentos álgidos de las vacaciones y un divertidísimo viaje con dos amigas. Todo estupendísimo. El viaje de ida, como no podía ser menos, fue de lo más jovial y agradable entre cotilleos, bromas, planes, chistes y mamarrachadas marca de la casa. Tras aparcar el coche en Vigo y tomar un algo, cogimos el bus que había de llevarnos al IFEVI, y ahí empezó a evidenciarse el cariz de los acontecimientos y la naturaleza de una cita club-culture de lo last como era el Creamfields: a la gua-gua subían como si tal cosa manadas y manadas de adolescentes descarriados vestidos con ropa semiplayera pero carísima (rollo Volcom), ojos de recién fumados, y bolsas y bolsas de alcohol para amenizar la cita cultural, mientras nosotros intentábamos mantener la compostura de talluditos modernísimos que para decir Hawtin pronuncian “Jautin”.

Llegar al recinto no pudo ser más revelador de lo que se estaba cociendo: coches tuneados con el maletero abierto y el chundachunda a pleno rendimiento, botellonazos multitudinarios invadiendo cada trocito de sombra, merchandising y copas gratis de los sponsors de siempre, y en general esa sensación en el ambiente de que la gente estaba allí para consumir de todo menos valeriana. Así que apelando al celebérrimo refrán allí donde fueres, haz lo que vieres, los 3 tecnores decidimos sumarnos a la celebración con la repostería gallega que en otras ocasiones nos dio tan buen resultado: cada uno, un delicioso y tonificante pastelito de cannabis, a eso de las 21 de la noche y para entrar con buen pie al recinto desde el que salía el bombo que se oye siempre en las puertas de los festivales. Con la merienda (maldita merienda) ya en el buche, entramos al Evento Cultural y nos encontramos con un paisaje casi post-nuclear que, por lo rumboso de los participantes, parecía un after: un gigantesco espacio tipo nave industrial con un dj al fondo y centenares de drogados bailando esquizofrénicamente bajo los últimos rayos del sol que entraban por los lucernarios. Si algo bueno tienen los saraos techno es que nadie tiene sentido del ridículo y, siendo sus drogas mayormente buenrollistas y generadoras de amor universal, cualquier cosa rara que te encuentres te parece respetable y hasta entrañable. Lo malo es que a las 21 de la noche y bajo la luz del sol, ver a 3000 yonkis pasadísimos moviendo el cucu como si fuese el día de los muertos, da una sensación extraña, como de revelación cósmica en plan “Oh Dios todopoderoso, ¡qué hace el ser humano en el mundo!”. El paisanaje era mayormente de veinteañeros pasados de revoluciones y adolescentes de pueblo a los que sólo les faltaba el arado, todos imbuidos en una metrosexualidad rural estéticamente pavorosa; del prototipo femenino de ese día no hablaré para ahorrarme acusaciones de misoginia. Había freaks, por supuesto, como una yonquette disfrazada como Amy Whinehouse (pero tal cual, el moño era perfecto; muy riquiña, y me ofreció drogas que por supuesto no acepté) , una pandilla de culturistas deformes que bailaban FATAL mientras se creían los reyes del cotarro, disco-divas maquilladas como para trabajar en la sala Bagdad, nerds que se tomaban su primera pastilla y se les notaba a leguas, y algún moderno de pitillos morados con cara de “dónde coño me he metido”. Escogido un lugar estratégico en el que mover nuestras posaderas, empezamos a bailotear tímidamente hasta que poco a poco, los efectos de las cookies empezaban a hacer efecto. En un determinado momento de la sesión de Agoria (bastante bien, por cierto, con algunos momentazos de techno francés épico muy locomotores) mis compañeras se excusan para salir a comer algo y tomar el aire. Ahí tenéis a servidor bailando solo con una sonrisa de oreja a oreja y disfrutando del ubicuo minimaleo para las clases trabajadoras, mientras poco a poco iba siendo rodeado y absorbido por la masa de danzarines out of bounds, mientras se hacía de noche y empezaba le escenografía fascista de estas situaciones: luces hipnóticas, la masa flipadísima y el bombo marcial retumbando por si hubiese alguien que no se hubiese metido estimulantes. Mi alegría por estar en una situación tan disfemística y poco habitual se fue diluyendo a medida que el ambiente se iba haciendo más y más vulgar. A eso de las 23 me dirijo a la puerta a descansar y “verlo todo desde fuera”. Y si no estás participativo y lo ves todo desde la distancia, el espectáculo era muy surreal y casi pesadillesco: miles y miles y miles de mamalones celtibéricos participando en pedestres rituales de ocio y apareamiento consistentes en enseñar cacho, mover el chimpún, ofrecer drogas al vecino e intentar tocar pelo. O algo así. El caso es que en ese momento y por el mal viaje de una killer cookie de efectos psicodélicos, yo era ya muy escéptico respecto a la supuesta dimensión cultural del acontecimiento. Lo que toda la vida me habría parecido con total naturalidad una fiesta perfecta, me parecía ahora una panochada alienante embasada para masas de escasos recursos intelectuales. Doctor, ¿me estoy haciendo viejo?

A eso de las 12 y media, con los biorritmos decelerados respecto al speedico y oligofrénico ambientillo que me rodeaba, recibo una llamada desde Koru: se me informa de que mis dos acompañantes estaban en el hospital bajo los efectos catastróficos de nuestro tentempié de mantequilla, harina y marihuana. Yo no daba crédito ante la noticia, pues me sentía más o menos lozano en aquel momento e incluso ansioso de sumergirme de nuevo en el mongolerío clubber circundante. Así que asustadísimo me cojo un taxi hasta el Meixoeiro con un colocón de mil pares de cojones y esperándome encontrar cualquier cosa pavorosa. Y lo que me encuentro es a dos zombies completamente apapanatadas y en una deriva psicodélico-narcoléptica de primerísima magnitud. La sujeto a la que llamaremos “M”, pobrecita, estaba tumbada en una cama en la misma postura que la momia de Nefertiti, completamente grogui y con una sonrisa de oreja a oreja en plan “estoy en el limbo del amor”. Y a la sujeto a la que llamaremos “I” la habían marginado a una periférica silla de ruedas en un pasillo, en la que la habían dejado en plan “Hala, bonita, quédate aquí a dormir la mona y no des el coñazo”, por lo que la pobre estaba dormida, despeinada, con un una cara de cabreo descomunal y una bolsa de plástico para eventuales vómitos, sin dejar de pedir una cama y solicitando para sí el mismo trato que recibiría cualquier otra enferma: inexplicablemente dado lo zombiótico de su estado, el personal sanitario daba por hecho que lo suyo no era más que un chupinazo salido de madre. Mientras, la sujeto “M” seguía con su sonrisa tóxica entre ronquido y ronquido, prisionera de los telúricos efectos de la inocente galletita, que se reveló una potente arma de destrucción neuronal masiva. Mi cabreo y mi acojone eran mayormente gigantes: no con ellas, sino conmigo mismo por haber ejercido de Killer Dealer, mientras orbitaba desde la cama de M a la silla de I, una y otra vez y sin saber cómo hacerlas recuperar la cordura y entereza. La médica me dice que simplemente han tenido un colocón oversize y que no pasa nada, que me las lleve y las ponga a dormir. Lo cual me pareció un diagnóstico de lo más impreciso, porque las chicas estaban fatal y no había manera de hacerles mover el pandero hasta un hostal. Yo podía volver a la fiesta a ver si entre baile y baile se me bajaba mi tajada, que también era importante, pero no podía dejar allí a las compañeras a expensas de que las despiadadas enfermeras las pusiesen de patitas en la calle en aquel estado de droguerío extremo. ¿Dónde podía meter a aquel par de cromos en que se habían convertido las coleguis, cuyo careto catatónico no dejaba esperanza a una inmediata recuperación del sentido de la realidad? Así que me dijo la médica que aguardase en la sala de espera hasta que mis amigas pudiesen salir de allí por su propio pié. Aquellas horas fueron un infierno: la sala de espera estaba tomada por extrañísimos no-vivos con cara de preocupación (por algo estaban en Urgencias), por la tele jugaba Rafa Nadal (y para colmo de males, el muy gilipollas PERDIÓ EL PARTIDO) y desde las ventanas se podía escuchar el bombo del Ritchie Hawtin que nos estábamos perdiendo. Cagüentodoloquesemenea.

Al borde del colapso tras tres horas en el hospital esperando a que las niñas despertasen de su letargo, las veo aparecer con rostro moribundo y tras una breve espera nos cogimos un taxi hasta un hostal, que por supuesto y para más inri no tenía habitación hasta que le insistimos al Norman Bates de rigor de nuestra urgencia por reunirnos con Sandman: los tres estábamos hasta los cojones, completamente aplatanados and beyond , y hubiésemos dormido en la acera más cercana de no haber convencido al hotelero de que queríamos una habitación, sí o sí. Estábamos hechos un fistro duodenal (aunque yo me esforzaba por mantenerme al mando, dado el estado comatoso de M e I) . A la mañana siguiente, todavía completamente zombies por el mazazo de esas galletitas letales, cogimos el coche hacia Coruña, seguramente de modo temerario dado el tryp en el que seguíamos, y conseguimos llegar sanos y salvos a casita, y tras unos minutitos descojonándome por lo patético de la historia, conseguí dormir. Con lo cual, mi Creamfields se resume en: Agoria (muy bien), Tiga (regular) y Chemical Brothers (muy mal); una tajada soporífera de 4 horas en el hospital, y un importante gasto logístico. Con el lado positivo de que al final no pasó nada importante y que todo fue un susto un poco cutre y un desencuentro total con los festivales multitudinarios, a los que tardaré mucho en volver. “M” e “I” (perdonad que escriba sólo iniciales: desde las querellas de I punto P punto al Aquí hay tomate, es mejor no herir susceptibilidades) están bien aunque con una resaca bestial tras ingerir una modesta galletita capaz de tumbar a un elefante. Todo muy extraño y lynchiano, pero a la postre una anécdota al filo del abismo, de las buenas, de las que les cuentas a tus nietos, de las que te ríes cuando has olvidado el mal rollo y el dolor de cabeza. Lo cual en este caso seguramente tardará mucho en suceder.

Hay una teoría humanística que asegura que en realidad el comportamiento del hombre lleva siendo el mismo desde que el mundo es mundo. Yo me imaginaba, en un ejercicio de equivalencias, a las primitivas sociedades de Neandertales & Cía. actuando del mismo modo mongol que nosotros; en Atapuerca, los machos alardearían entre sí de quién ha cazado el mamut más carnoso, las marujas cotillearían sobre intimidades del troglodita de al lado, y los jóvenes homo erectus a buen seguro se divertirían tres cuevas más abajo consumiendo plantas tryposas, bailando gilipollescamente al son de huesos golpeados, e intentando parecer cavernícolamente sexys, igual en el 2008 d.c. que en el 20008 a.c.. Va siendo hora de poner en duda el evolucionismo darviniano y tomarse en serio la involución que nos ha llevado de la Edad de Bronce a la Edad del MD. Pero lo más patético es que los que terminaron en el hospital no fue ninguno de los miles y miles de ravers descocados que tanto escándalo nos causaban (fue llegar al local y pensar con soberbia: ¿estos drogados qué se han metido, por qué se comportan así?...¡y nosotros fuimos los mayores die-hard yonkis y las únicas víctimas de la bacanal!) sino tres inocentes carrozones con ganas de mambo cultural como nosotros. Sólo sé que paso de Burroughs, de Leary, de Escotado, de Lou Reed y de la puñetera Amy Whinehouse: ¡que viva lo Light!. Si en lugar de haber jugado a ser teenage cavemen nos hubiésemos dedicado, como nos tocaba, a simplemente cotillear sobre las intimidades del troglodita de al lado, todo hubiese ido sobre ruedas. Todo por una yoya con receta estilo afgano…así están en esos países. Como cabras.

Hala, ya podéis reíros de nosotros.

jueves, 31 de julio de 2008


















El sabado bajamos a Vigo a la bacanal yonky que se intuye el Creamfields . El cartel es bastante poweroso, y aunque los Chem Bros me tiran de un pie, al Hawtin no me lo pierdo. Junto a Mulero es mi dj favorito, y el viejo "decks" una de los mas maravillosos mixcds que te puedes encontrar. Ojala prescinda del minimaleo meloso de sus sesiones mas recientes y recupere el estilazo super hardtechno que le convirtio en uno de los grandes.

miércoles, 30 de julio de 2008

tu y yo contra el mundo














































































































































Mi reciente visita a Verin me ha servido entre otras cosas para reencontrarme con dos de los discos mas maravillosos que haya producido la musica electronica nacional, que historicamente ha tenido una escena mas cercana a la africana que a la alemana. Por decirlo elegantemente.
El caso es que "Naves sin puertos" de Silvania es unanimemente reconocido como la gran obra maestra de la escena nacional, lo cual puede parecer poco pero verdaderamente es un discazo precioso, con ese lindismo cursilismo cargado de sinceridad y valentia, capaz de hacer que frases de la moñoñeria de "manten tus sueños ardiendo" parezcan cargadas de verdad y emocion. Su ingenuidad y modestia, asi como su aguerrida defensa de una Modernidad culta, los mantienen frescos como el primer dia.
El otro disco redescubierto por este que os escribe es el fantabuloso "Ya se oculta el sol" de Grado 33, verdadero freak originario... ¡de Vigo! y con una interesantisima trayectoria minimalera cuyos lps en Elefant con el seudonimo Procak cristalizaron con rotunda efectividad. Pero cuando lanzo este disco en clave tecno-pop neo-romantico post-pop moderno, el sentido germanico y contemplativo, un poco retro y un poco futurista, del romanticismo de este tio, cobraron un calibre que yo no hubiese sospechado. Quizas es que comparto con este musico ciertas iconografias ochenteras cargadas de neon y hielo (las letras solemnes y roboticas de Gary Numan, el sonido del primer disco de Visage, la cool-wave, Brian Eno en clave pop...) y por eso frases tan rimbombantemente ingenuas como "Tu y yo contra el mundo, inventando la cresta de una nueva ola", o "nada ya me motiva, me encuentro muy cansado, me encuentro deprimido, que me muera, ya estoy harto" (asi como las lees), cantadas con su voz terrorificamente muerta sobre soniquetes plagiados de Ralf & Florian, emocionan y mucho. Sobre todo cuando los clicks&cuts son metidos con tan buen gusto y prudencia, cuando los pads electronicos son tan cavernicolas y hermosos como los suyos (que parecen sacados de un outtake de Jean Michelle Jarre) y sobre todo gracias a esas melodias otoñales y maravilllllllosas como la de la monumental "En ciudades", perfecto hit tecnopopeiro de los que te hacen bailar con la cabeza en Venus y los pies en Metropolis.
A muchos os dara grimilla este señor, porque lo suyo es tan radical que no es para menos, pero como decian Coco & Mario... todos los modernos van hacia el aeropuerto, se iran de este pais...

martes, 29 de julio de 2008

De verano


























John Cale – At about this time Mozart…

Obscurum – In stagnation

Pan Sonic & Alan Vega – Incredible Criminals

Olga & Jozef – Superstar whore b2

James Ruskin – Cypher

Oliver Ho – Metaphysical

Foals – Red Sock Pugie

Prácticamente, aunque con matices, ha terminado el año laboral y el único lujo que en estos momentos no me produce stress (llevo la vida contemplativa en el código genético) es el de hacer planes. Por supuesto, no planes normales, modestos, sencillos, factibles. Los míos son planes del tipo “esta vez voy a salvar el mundo”, tal es mi megalomanía typical nerd. Seguramente se trate de la ingenuidad con la que uno termina por creerse los sloganes y aforismos de los famosos del tipo “si crees mucho en tu sueño, seguro que lo conseguirás”, que me empujan a buscar desesperadamente algún sueño para ver si me lo creo y lo consigo.

Pero antes de retirarme a mi cottage veraniego y desaparecer entre vapores rohmerianos y romerianos, no puedo evitar hacer pertinente crónica de la única experiencia freak que me han deparado estos últimos y penosos meses: las oposiciones. En este caso de secundaria, pero podrían haberlo sido de cualquier cosa porque la vida y obra del opositor en funciones se adivina bastante similar cual séase la materia a examinarse. Aunque en esta primera vez, servidor ha participado de los fastos opositivos con total indiferencia y en plan jugueteo, porque sumando mi vagancia, mi osadía y mi falta de tiempo hube de presentarme a la gran cita sin haber estudiado apenas nada. O para ser más exactos, sin haber estudiado nada. Una de las pocas veces en mi vida en que ejercí de canónico Ferris Buller, con las gafas de sol, la americana sobre el hombro y la corbata desabrochada, con el aliento oliendo a porros y saludando a la gente con un saludo hiphopero y un “qué pasa troncos”. Bueno, no en sentido literal (de hecho, apenas me moví de mi sitio, mi atuendo era completamente neutro y pretendí pasar desapercibido, con la típica coquetería del bueniño), pero así es cómo me sentí al acudir al aula y encontrarme a hordas de chaponas histéricas perdidas, interinos out-of-bounds corroídos por los nervios y el trankimazín, y un elenco de profesores con pose solemne y gesto temeroso (pasaban ellos más miedo que nosotros; pobrecillos). Tras años y años de nerd con la lección al dedillo, ya me tocaba saber qué siente el golferas en estos casos. Solo en mi pupitre, mascando chicle y mirando todo con cierto asombro, sólo llegaban a mis oídos extrañas expresiones del tipo “diseño curricular”, “baremo de puntos”, “metodologías cognitivas” o “competencias básicas”, en un inconsciente colectivo de neurosis burocrático-educativa del que parecían participar todos excepto servidor y un tarambanas medio indie que no paraba de hacer chistes malos a costa de la exigencia de redactar el examen en galego normativo. Todo ello con un ambientillo de supuesta Pompa Ministerial SUPERCUTRE porque no hay que olvidar que los procesos selectivos tenían lugar en cochambrosos aularios de un instituto de ladrillo visto vintage en la tan cuca como provinciana Pontevedra (lo de provinciana lo digo en el buen sentido; lo de cuca, no).

Reconozco que el sorteo de temas para el examen escrito me favoreció mucho: el bingo sacó la bolita correspondiente a un tema tan esotérico e inaprensible como “El arte del siglo XIX”, periodo que a servidor siempre le ha resultado especialmente llamativo y sorprendente. Así que ni corto ni perezoso, y con la temeridad del que no tiene nada que perder, allí me tenéis dándolo todo con el boli bic contando lo que se me ocurría pero siempre con la estrategia básica a la hora de redactar un examen: contextualizar lo poco que sabes de modo que parezca que dejas muchos otros conocimientos en el tintero por falta de tiempo. Un algo de exposiciones universales, teoría sociopolítica nivel ESO sobre “el cambio del mecenazgo de la aristocracia a la burguesía tras la Revolución Industrial” , impresionismo en plan El País Semanal, rollo americano y prevanguardias a tutiplén, y no veas el examen guapo guapo que me quedó.

Por desgracia no todo el monte es orégano y además de dominar los intríngulis del patchwork literario, es menester para entrar en el sistema educativo un conocimiento bastante sólido de los entresijos de la legislación vigente, los mecanismos organizativos de la vida lectiva, los documentos rectores de la docencia sistematizada y SU PUTA MADRE. Si os creíais que los arquitectos somos los únicos que utilizamos un lenguaje (de)Constru(y)do para parecer +_intel(y)gent.es, estáis equivocados: ahora la movida de dar clase ya no es como en nuestros tiempos, cuando entraba por la puerta la oportuna piruja de mates y soltaba el rollo, sabiendo que un cero era sinónimo de que eras un zote o un mangui. No. Ahora todo está sistematizado en plan wwweb2.cero, supersocial y sostenible, solidario e integrador paneuropeo, se utiliza un lenguaje pofresional que te cagas y la cantidad de barullo burocrático-administrativo que esta gente es capaz de armar, es de no creértelo. Ríete tú del Agrimensor K. y del Ministerio del Amor de 1984. Para meter un pie en un insti, son necesarias importantes dosis de metódica y creativa capacidad docente que toma cuerpo en documentos del trascendental calibre de Proyecto Curricular de Centro, Plan de Acción Titorial (esto parece sacado de un manifiesto de la Baader-Meinhoff) o Mesa da Normalización Lingüística. Papelotes que se redactan para la visita del inspector y que a buen seguro a los dos días terminan en la papelera o el WC más cercanos, pero que en el mundo Opos cuentan, y mucho. En mi caso, se me requería la defensa argumentada de ese Necronomicon post-techno que debe ser una Programación Didáctica en Galego Normativo, 15 Unidades Didácticas en 60 follas a unha cara e dobre espacio interlineal. Tras pasar una tarde en plan ctrl.+c y ctrl.+v a caballo entre interné y un texto que me pasó el Luís Blas, y a sabiendas de que el truño resultante era indefectiblemente indefendible, me las ingenié para cantar la susodicha e inexistente Programación con argumentos muy convincentes y molones pese a que nada tenían que ver con el documento que había presentado previamente.

Apelando a un contrastadísimo y trampérrimo catálogo de zalamerías dialécticas y filosoferías populacheiras que nunca me ha fallado, y a sabiendas de que los miembros del tribunal pensaban que la Teoría Estética de Adorno se refiere a un elemento decorativo y no al pope de los Franfurter, logré condensar en 8 minutos (disponía de 20, de los que el 99% de los opositores utilizaron en un 110%; así soy yo de chulo) un delirante megamix pedagóxico-patafísico-ectoplasmático de tan inusitado poderío de convicción oratoria como casposa carencia de contenidos. Al terminar, una chica del tribunal me sonrió. Yo no sabía dónde meterme de la vergüenza que pasé tras semejante ejercicio de caradura.

Un par de semanas después debía prepararme unos power-points desarrollando las unidades didácticas de mi coquetuela Pogramación, pero la verdad es que no me apetecía nada meterme en el embolao de googlear panochadas, redactar panochadas y salir al escenario a contar panochadas a viva voz. Así que ni corto ni perezoso me presenté a esa cita con las sábanas pegadas a mi mongocareto y les dije a los del tribunal “chorvitos, no contéis conmigo porque este menda tiene mejores planes para hoy”. En fín, no dije eso exactamente, pero esa era la idea: constar como presentado, y vía. Estaba convocado a las 9:00, y a las 9:03 ya estaba rumbo a la estación de trenes. Así perdí yo la virginidad de opositor.

No contaré más, puesto que HEY no lo olvidemos, las oposiciones son un concurso en el que sólo ganan los mejores, y en vista de que con la pavorosa Crisis que nos acecha tod@s terminaréis opositando en busca del ansiado pan, debo guardar mis ases en la gama para ser YO el próximo ganador del trofeo. ¿O qué os habíais pensado? En estos casos no hay amigos que valgan, y si pensáis presentaros a las mismas opos que yo (sean estas u otras) no me pidáis apuntes porque NI DE COÑA os los voy a prestar. HA HA HA HA!!!. Así que a modo de despedida enrollada os dejo con una serie de circunstancias que me han llamado mucho la atención en todo el periplo opositivizante:

1. Destaca mucho una peculiaridad muy extendida entre las examinadas más moñoñas, y es la de ¡¡acudir a las oposiciones con sus padres!! No daba crédito cuando 20 minutos antes de la hora H empezó el desfile de chaponas enfundadas en sus Bershka con sus progenitores como guardaespaldas, para darles apoyo y sentirse arropadas en este perro mundo. A ver, pedazos de retarded, ¿cómo podéis pretender ser la profe y acudir al examen entre lagrimones con la presencia MEGANERD de papuchi para estar más a salvo? ¿No será un poco el momento de volar del nidito paternal? No me extraña que los alumnos, ante semejantes amazonas y amazonos como tutores, conviertan las clases en un sálvese quien pueda en la que el docente es la víctima propiciatoria de todo el fuego discrecional. Pathetic.

2. En la asignatura de debuxo, el paisanaje concurrente es probablemente el más bohemio y floripondio. Que si una urban hippy rollo Amparanoia por aquí, que si un pintor chiflado con pelos Krusty por allá, que si una riot girl oversized en plan Beth Ditto por acullá… y sin embargo, el 99% de los presentes eran panolis universitarios con la individualidad tan desarrollada como una nutria, y con un carisma artístico de cero patatero. Alucino al ver que los licenciados de bellas artes son mayormente funcionarios de hastío kafkiano. ¿Y en las oposiciones de ADE, cómo debe ser la concurrencia? Hasta diría que los más bizarriños éramos los arquitectos, porque los artistas parecían consanguíneos a un Martínez-Bordiú.

3…Lo cual nos lleva a la conclusión de que cualquier persona humana que opte por convertirse en un funcionario es a)un angustiado y laborioso colibrí que siente pánico de los sapos y culebras de la vida empresarial, b)un iluminado con ínfulas de revolución desde el sistema, c)un vago de mil pares de cojones o c)alguien que pasa de todo, sólo quiere una vida tranquila y cree que su felicidad no tiene nada que ver con su trabajo. Personalmente reúno los requisitos a), b) y c), pero sospecho en el caso de la docencia hay una categoría d) formada por personas cuya vocación es dar clase. Bueno, y una e) con gente que gusta de llevarse a los ojos la lozanía de la juventud. Y apurando, tenemos la f) de sádicos que optan por redimir sus complejos adolescentes inasumidos martirizando a la chavalada a la que culpa de sus desdichas. Y la g) de las lesbianas galleguistas. Y la h) de los burócratas que no encuentran otro lugar para sentirse fuertes. Y la i) de los peter pans necesitados de un habitat confortable. Y…bueno, si un día apruebo, ya os contaré cómo se llega a la Z.

4. Como anécdota lisérgica y flamenca, os cuento que el último día y ya de vuelta a la Koru, presencié en la estación de trenes el culebrón más marciano y operístico que se me haya presentado jamás: la típica pimpolla gitana de 15 años se escapaba de casa en secreto para encontrarse en Francia con su amante también calé, que por lo que pude entender era un demonio de lo peorcito. En esto que aparece su madre por sorpresa en la estación, y a voz en grito le monta a la niña un pollo gótico-romántico que nos dejó a los payos allí presentes con el rictus descompuesto: Para mí estás muerta, voy a quemar tu colchón, cómo le haces esto a la abuela... La furtiva gitanilla aguantó el chaparrón Shakespereano entre lagrimones, con todo el inmisericorde peso de las ancestrales leyes gitanas azotándole la conciencia, mientras la mamma desaparecía del lugar con gesto de diva traicionada y yo me subía al tren pensando ¿se supone que si un día soy profesor tendré que lidiar con personajes como estos?... Fuck yeah!! No veo la hora de sumergirme por fín en un magma volcánico de familias disfuncionales, chavales con problemas de integración, muestras de violencia escolar subterránea y problemáticas sociales en plan El rey Lear vs. Madame Bovary. Esto promete.

miércoles, 16 de julio de 2008

parafilia voyeurística


Todavía no había subido Las Meninas a mi blog.

hormigas
































Mi padre solía llevarme, siendo muy niño, a observar y analizar el comportamiento de las hormigas que colonizaban el subsuelo de los montes en los que jugábamos. Como todo lo que él hacía, aquella sencilla costumbre estaba originada por su voluntad de proporcionarme una educación filosófica y solemne, cargada de Grandes Verdades, incluso cuando lo único que ocupaba mi pensamiento eran tribulaciones del tipo “¿quién vencería en una batalla entre Hulk y Colossus?”. Él pretendía hacerme comprender las metáforas que pudiese extraer del comportamiento de aquellos bichos equiparándolo a las personas; por aquel entonces, por supuesto, yo no me daba cuenta. Observaba con moderada curiosidad los movimientos y reacciones de las hormigas ante nuestros estímulos, que pronto se desvelaron muy lógicos y predecibles, sin espacio para el azar o las sorpresas. Yo preguntaba “¿por qué se mueven con tanta premura y velocidad, qué les empuja a trabajar de un modo tan exhaustivo y pertinaz? Hay cosas mejores que podrían hacer”. Mi padre respondía: “tienen hambre y deben comer, si no actuasen de este modo morirían”. Con la lógica aplastante de los niños, recuerdo que pensaba “ya, pero si muriesen dejarían de tener hambre y no tendrían que sufrir tantos padecimientos”. O lo que es lo mismo, me preguntaba por la razón por la cual los seres vivos mostraban semejante e incorruptible apego a la vida. ¿Acaso el único motivo para vivir era el poder seguir viviendo? (os daréis cuenta de que era un niño muy reviejo, una primadonna reflexiva; tengo en bastante estima el niño que fui). Hasta donde puedo recordar, probablemente aquellas visitas al mundo de las hormigas fueron el primer peldaño hacia las incertezas existenciales que me acompañaron toda la vida, hasta hace bien poco.
Tardé larguísimas temporadas en encontrar una respuesta íntima y convincente a qué es lo que me diferencia, como hombre, de una hormiga (apunto que ese camino ya resuelto se lo debo agradecer a mi padre; tengo por seguro que él nunca encontró dicha respuesta, y de ahí sus penosos y traumáticos fracasos emocionales: siempre se tuvo, secretamente, por una hormiga). Pasados los años he desarrollado una empatía intuitiva e inmediata cada vez que se me pone delante alguien que ha realizado un recorrido espiritual voluntario a lo largo de su vida. La mayoría de esas personas no son conscientes de la vital trascendencia de sus dudas y achaques, habiéndose arrojado por la senda tumultuosa de ser artista en sus corazones. Por ejemplo mi amigo J., mi amiga R., mi amiga M., mi querido amigo V., incluso mi amiga C., iracundos cascarrabias pertrechados en sus derivas poéticas, pasicoanalíticas o sexuales.
Los académicos y los profesionales del arte institucional, las clases ilustradas imperfectamente integradas en mercados laborales panamericanos, los burgueses respetables de mano firme y trazo grueso, oscilan entre regañarnos por nuestra pueril improductividad, o darnos palmaditas en la espalda como a peluches existencialistas, cubriendo su vivificante cuota de diversidad y poesía moderna en épocas de tediosa burocratización de sus vidas y espacios poco permeables a la diversidad.
Preguntarme por qué la hormigas optaban por buscar sobrevivir en lugar de abandonarse a un elegante y hedonista suicidio colectivo, me enseñó muchas otras preguntas pertinentes. Qué es realmente el bienestar, dónde equilibrar la contienda entre voluntad e impulso, con qué llenar mi tiempo, cómo aferrarme con fidelidad a algo tan contingente como una construcción moral personal si realmente “todo es relativo”, por qué romper el silencio con textos que solamente redacto pensando en mí, cómo amar a alguien humanamente imperfecto, elegir entre la pastilla roja y la azul, cómo tocar las cosas, en qué invertir mi tiempo, cómo sentirme cómodo siendo un humano con un genoma prácticamente idéntico al de una hormiga. Verbalizado, escrito y compartido, todo esto me parece liviano y confortable, poco real.
Hace dos días, un amigo me sujirió que jubilase por fín una camiseta que estaba ya muy machacada, afirmando con ello que ya no resultaba "correcta"; ese mismo día, más tarde y casualmente, otro amigo me comentó sobre la misma prenda"Cómo te gusta ese rollo snob de la segunda mano". Me sorprende cómo la burguesía ha aprendido a desoír la disidencia, suponiéndola mera pose, rebatiendo cualquier atisbo de credibilidad. A ambos les respondí la misma verdad; me puse la camiseta sin apenas mirarla, sin darme cuenta, con la mente en otra cosa, centrado en lo mío, automáticamente, sin plusvalías estéticas, sin buscar un significando, a estas alturas como una hormiga.