domingo, 26 de octubre de 2008





















joer qué mal aspecto se le está poniendo al Mulero, va a terminar fatal.

viernes, 24 de octubre de 2008

Lo real...

...alguna vez lo encontraremos???


"
Al igual que Foucault, la teoría queer considera que el conocimiento nunca es neutral ("no es nunca una mera descripción de la realidad", puntualizó Beatriz Preciado) y que los procesos de producción, organización y transmisión del saber siempre están condicionados por una serie de paradigmas cognitivos y factores contextuales que determinan, por ejemplo, qué elementos y fenómenos deben ser analizados, cómo se deben realizar esos análisis o quiénes son los sujetos que tienen que hacerlo. A su vez, los teóricos queer cuestionan la idea de que existe una especie de jerarquía natural de los saberes, de forma que el conocimiento científico (sobre todo el ligado a las ciencias puras) tiene una relación más directa con la verdad y con lo real que los demás tipos de conocimientos. Para estos autores, los discursos científicos no son en sí mismo más objetivos y válidos que los demás, pues sus enunciados están también condicionados por un conjunto de (pre)juicios históricos y culturales. En este sentido, consideran que estos discursos deben concebirse siempre como "ficciones políticas".

Si se hace una interpretación literal de este razonamiento, se puede caer en un relativismo posmoderno que justifique una ética del "todo vale". Pero para la teoría queer, el hecho de que los discursos científicos sean "ficciones", no implica que no estén relacionados con lo real y con la verdad. "Lo que ocurre", precisó Beatriz Preciado, "es que no es una relación ontológica, sino performativa". O dicho con otras palabras, todo saber -incluido, por supuesto, el científico- genera una serie de construcciones discursivas (de ficciones) que tienen el poder, o al menos la voluntad, de producir las realidades -las "verdades"- que enuncian y/o describen (que no serían, por tanto, realidades/verdades ontológicas, sino culturales). No es, en todo caso, una producción directa sino, utilizando la terminología de J.L. Austin, "perlocucionaria", pues estas construcciones discursivas funcionan como contratos o promesas que no tienen un efecto inmediato y que, a menudo, ni siquiera llegan a materializarse (es decir, a producir la realidad que enuncian y/o describen), un "margen de error" que, según Preciado, permite que emerjan espacios de disidencia desde los que se pueden poner en marcha procesos de inversión/subversión performativa. Procesos como los que está desarrollando el movimiento queer que ha desplegado un conjunto de operaciones analíticas que han posibilitado desbordar la noción de género y cuestionar el supuesto origen biológico (es decir, pre-discursivo) de la diferencia sexual.

Desde la premisa de que cualquier discurso (científico, literario, psicoanalítico...) es una "ficción política", la teoría queer está realizando una relectura de las retóricas a través de las cuales se ha construido el sujeto moderno. Con este propósito, el encuentro Crítica queer. Narrativas disidentes e invención de subjetividad ha intentado explorar "las fracturas y las líneas de fuga abiertas en el tejido de la producción textual por las narrativas disidentes". Todo ello partiendo de la idea de que la escritura es tanto unas de las principales herramientas normativas para la creación de las identidades sexuales, de género, raciales y de clases, "como un posible espacio de resistencia y subversión en el que, trabajando las brechas existentes en el lenguaje dominante, inventar nuevos sujetos políticos".

"

( Del e-zine Unia. Comcretamente aquí)

miércoles, 22 de octubre de 2008

Chicos: todo el mundo a desear

Creo que ya he comentado en algún post que ando bastante pillado con el rollito humanístico-cinetífico de "Redes" y similares, y acostumbro a ver cada noche algún programita o documental al respecto. Soy de los que creen que en realidad nos buscamos la vida buscando algo parecido a "Dios", y tal y como está el patio de la tardomodernidad, los más convincentes en esa frivolité son los cinetíficos: cuando oyes a un físico teórico explicar esos descubrimientos lisérgicos sobre la naturaleza de la materia (básicamente: hoy sabemos que los átomos, la materia, no son objetos, sino algo muy parecido a únicamente información; ¿no os parece un cambio de paradigma bastante potente?) te das cuenta de que esta gente está llegando a sitios que encajan perfectamente con ciertas filosofías clásicas.
El problema es cuando entran los americanos en escena, y adaptan ese conocimiento científico a la disciplina cultural más típicamente yanky: la autoayuda. Que el estadounidense medio es un ser inculto, fácilmente manipulable, sensiblero, analfabeto y hortera es una realidad más que contrastada, pero cuando uno se encuentra en la carpeta Incoming una m-e-m-e-z del calibre de "El secreto" (la biblia audiovisual de la autoayuda new age para neocons de última generación) uno ya no sabe si sentir vergüenza, desprecio, risa o miedo. Es una película que hay que ver para creer, porque se trata de un impagable muestrario de religiosidad kitsch para mentes débiles y asustadas, que discurre como un ilustrativo muestrario de lo que en yankylandia se consideran "gurús espirituales": el viejecito de aspecto tierno que suelta aforismos de sabio anciano, el negro guaperas que demuestra que la espiritualidad te saca del gueto, científicos atolondrados y torpones de aspecto einsteniano, mamás white trash que han visto la luz, y por supuesto el gran arquetipo del pater familiae americano: el empresario millonario gracias a la confianza en sí mismo.
Lo primero que llama la atención en esta empanada buenrollista es la meridiana claridad y falta de pudor con la que se dirigen al espectador: sin cortarse un pelo, empiezan diciéndote que de lo que trata este método es de garantizar la felicidad, y por tanto, lo primero es hacerse millonario, con frases tan sutiles como "soy feliz porque vivo en una casa de 4 millones de dólares" (literal). El principio cutre-científico en el que se basa es un secreto transhistórico que hipotéticamente habría pasado de mano en mano entre los más grandes oligarcas de cada período, algo así como un Santo Grial de la espiritualidad, y con pompa newage se llama "la ley de la atracción" : viene a decir que si deseas suficientemente algo, lo obtendrás sin duda. ¿Que quieres una casa enorme? Pues cierras los ojos, te convences de que la deseas de verdad de verdad DE VERDAD, y en un plazo cósmicamente reducido dicha posesión será tuya. Todo ello argumentado (daquela maneira) por la citada pléyade de engañabobos a la americana, e ilustrada con esas imágenes tipo teletienda en la que alguien cambia del blanco y negro al technicolor a base de utilizar la susodicha ley de la atracción.
La película en sí es apreciable por lo torpe, ingénuo y mamarracho de sus falacias, y por lo graciosa que resulta tal acumulación de delirios a lo "Cuarto milenio para emprendedores creativos". Pero me ha inquietado, entre carcajada y carcajada, la sórdida y vulgar consecuencia de toda esta pantomima: es la cristalización en forma de manual espiritualista de uno de los cimientos de nuestra cultura capitalista: la salvación a través del deseo. Con falta de tacto se convence a la gente de que la plenitud se alcanza a través de la posesión, y para lograr esta el paso omnipotente es fortalecer hasta la obsesión el deseo.
Vaya. Justo lo que nos hacía faltaba oír: que no deseamos lo suficiente, y de ahí la mediocridad de nuestras vidas sin dinero. Nos hace falta desear, desear tanto como seamos capaces, transformar nuestra voluntad en puro deseo, rendirnos ante nuestro capricho y frotalecerlo hasta lo insoportable. Es, de este modo y con gran éxito (el film ha sido todo un boom en América, y aquí ya empieza a sonar fuerte en los suplementos dominicales) una peculiar mutación de los presupuestos del neoliberalismo (el consumo como pilar de la sociedad, las posesiones como armas de realización, el individualismo, la trascendencia a través de los objetos...) en una especie de seudoreligión, pésimamente argumentada, pero con capacidad más que suficiente para seducir a los millones de gañanérrimos que desean y vuelven a desear... en su shopping mall, en los escaparates, los gabinetes de psicoanálisis y los teléfonos de videntes televisivos. Se me hace triste y sórdido, y un tanto escabroso.
Si podéis, echadle un vistazo, e intentad que las inevitables carcajadas no os alejen de una mirada crítica, porque uno de los errores de los modernitos es el de reírnos de muchas cosas apelando a lo kitsch, legitimando de este modo atropellos cuya gracia última es francamente tenebrosa.

Breves apuntes sobre la disolución del Yo





















Bueno gentuza, de lo que hoy se trata es de compartir con vosotros una experiencia de mística prosopoética de clase media finisecular de reinvención personal. Para variar, vamos. Una obrita de arte que en mí (como en mucha otra gente que, como yo, tenía los oídos pegados a la radio la noche del 3 de abril del 98) funcionó como pistoletazo de salida de una nueva manera de pensar, sentir y vivir la música: esta sesión de Oscar Mulero en Radio 3.
Supongo que todos estamos de acuerdo en que hay momentos en la historia del arte que, independientemente del gusto personal, tienen una potencia y trascendencia tales que reinventan por completo la idea previa de Arte que hasta ese momento se tenía. Vanguardias al margen, mi obra favorita en ese sentido es y será por siempre las Meninas, cuyo impacto hubo de ser tal que por fuerza transformó al espectador de su tiempo. Ese cuadro se inventó un hombre nuevo, una nueva manera de contemplar y habitar el mundo, puso encima de la mesa una nueva subjetividad y todo lo anterior fue, de repente, historia. Un pintor de esa época no podía seguir pintando como si "Las meninas" no hubiese existido, para bien o para mal esa pintura era un cambio y una pérdida de ingenuidad tales, que los asuntos principales del Arte de repente fueron muy otros: el cuadro de Velázquez no era expresión de su subjetividad, sino una reinvención del papel de toda subjetividad. Bien. Pues en mi opinión, el único momento de ese calibre que ha vivido nuestra generación fue cuando el proletariado adolescente de los 90 se apropió de la vanguardia musical académica de la segunda mitad del siglo XX, la filtró por los ordenadores, y dijo "vamos a hacer con esto algo muy divertido". De repente, lo que en manos de los dodecafónicos, de los minimalistas, los músicos concretos y los electroacústicos eran ejercicios académicos de "rata de biblioteca" para cerebros privilegiados y oídos curtidos, estaba en la calle, en manos de la gente, de manera anónima, cobró vida, se transformó en folklore. Con todos mis respetos a Stereolab, el auténtico "John Cage Bubblegum" es el de Mulero. Quizás por eso al final el techno no logró convencer a la clase media: sólo funciona o bien con élites intelectuales, o con proletariado periférico que lo disfruta automáticmente y sin coartadas artísticas. (Nota a pie de página: mi creciente desprecio por las clases medias reafirma mi amor por esta música y su naturaleza primigenia revolucionaria).
Cuando descubrí el techno, me dí cuenta de que lo que ponía encima de la mesa (el caracter eminentemente físico de la música, la necesidad de una expresividad colectiva y no individual al modo pop, la obligación histórica de utilizar como herramienta expresiva algo tan cotidiano como los PCs, la abstracción como modo de escapar a las trampas del Yo) ya no había marcha atrás, allí estaba el verdadero eje central de la cultura juvenil de nuestro tiempo. Y no en Los Planetas. En miles de chavales españoles y europeos, sirvió para descubrir una sensibilidad nueva para un hombre nuevo, y desde esa óptica me parece infinitamente más trascendente que cualquier absurda exposición en el CGAC o la Tate.
En resumen, creo que la verdadera revolución del techno, en términos psicoanalíticos, es que no es la música del Yo, sino del inconsciente, apela a otra parte de tu espíritu,a algo anterior y superior a tu ego. Ya lo dice el título de un clásico de Regis : "Scape from yourself". Y ese surrealismo ready-made situacionista (toma ya) es el mayor ejemplo histórico reciente de arte parcipitativo y no individual (el hip-hop está pervertido por las letras, que siempre apelan al individuo y el yo consciente, y por tanto a la exclavitud). Yves Saint Laurent puede hacer una colección de inspiración dadá o Dior recuperar la estética del rock, pero ninguno de ellos podrá hacer nunca una colección de inspiración techno porque el techno, en su pluraridad, no tiene una estética.
Pero dejémonos de sermones y volvamos a esta sesión, que en España fue toda una pequeña revolución subterranea. Por aquella época, lo que escuchábamos los modernos era electrónica confortable y más o menos melódica en la onda de Daft Punk o el filtered house, mientras entre la clase trabajadora triunfaba el rollete valenciano-holandés de bruterío hortera carente de intención, con subidones y cantaditas. De repente, aparecía este señor que pinchaba música muy muy fuerte pero con una particularidad muy significativa: sus sesiones eran completamente planas. Ahí no había ni subidones, ni atisbos de melodía, ni apenas variaciones, y poco más que percusión y "sonidos encontrados" repetidos y secuenciados, sin apenas intención armónica: era algo muy seco, muy vacío, aburrido, no invitaba a escucharlo, no era nada que se pudiese considerar "canciones". Pero de repente, escuchándolo apreciabas una narratividad, el hecho de que cada tema cobraba sentido solamente en relación al anterior y al posterior, perdiendo su identidad en aras de un ente superior que era la sesión completa. Escuchar techno era un cambio de chip completo, porque del mismo modo que en un film una escena no tiene sentido más que como parte de un todo, esa música que parecía tan aburrida e inerte, cobraba una nueva dimensión si se escuchaba la sesión en su totalidad. Casi nadie hacía el esfuerzo de escuchar las sesiones enteras, pero los que lo hacíamos salíamos transformados de la experiencia. Escuchar música hecha con loops no es algo nuevo (minimalistas fumetas los ha habido siempre: Terry Riley, Tony Conrad, Lamonte Young...) pero exprimir su capacidad física y catárquica como letanía liberadora puede interpretarse como arma revolucionaria (por su capacidad de despertar una subjetividad inconsciente y libre de toda injerencia socialmente impuesta) o como una payasada alienante (el techno es a fín de cuentas arte de drogadictos, que en última instancia son los grandes disidentes de la cosntrucción colectiva de lo real que construye el sistema). Mulero, según se comenta en los foros del ramo, es heroinómano, pese a que ésta es aparentemente la droga más alejada del techno. La mejor definición que he leído al respecto, es que la electrónica de baile hay que escucharla con el cuerpo, si bien esto hay que matizarlo porque a poco que uno se pare a apreciar sus matices y sutilezas podrá sin duda establecer un punto de vista dialéctico y hasta discursivo (que es la especialidad de la cas :-) ).
Por otra parte, cuando esto estalló nadie sabía de quién era cada tema, y eso resultaba tremendamente estimulante porque en este juego no entran las individualidades, si acaso la única es la del DJ,ya que a fín de cuentas cada uno era de su padre y de su madre. Lo que hace de Mulero el mejor del mundo es su tremebunda pureza, siendo aparentemente el más aburido: lo único que pincha este hombre es techno despojado de frivolidades o concesiones, sin ninguna búsqueda ni de comodidad ni de incomodidad, respetando su naturaleza abstracta. Y cuando digo el mejor del mundo lo digo con conocimiento de causa, y de hecho estoy seguro de que en Alemania están que trinan al saber que aquí en España tenemos al más depurado dj de techno de todos los tiempos: su estilo es el más seco y riguroso, el menos efectista, el único capaz de conseguir una tensión extrema utilizando un material gélido y sulfúrico.
El techno parte de la premisa (muy John Cage) de acercar el oído a una máquina secuencial y sorprenderse de la belleza de los sonidos que emite y la naturaleza rítmica de cualquier secuencialidad. De hecho, los que no estéis acostumbrados a este tipo de música y no sepáis cómo hay que escucharla (quizás el error es hacerlo como quien se acerca buscando lo mismo que ofrece el rock,) debéis escuchar ante todo sonidos y ritmos, y participar del estado de ánimo (inconsciente) que proporcionan, sin plusvalías emocionales de ningún tipo. La emoción es la que tú proyectes en la música, como en el arte abstracto, o la que encuentres espontaneamente, o la que... bueno, como demonios sea que funcionan estas cosas. Pero de lo que se trata ante todo es de una búsqueda de la belleza, de ese tipo de belleza que no tiene explicación pero que por el motivo que sea, y el cuerpo es emperador, funciona.
Todo esto empezó,para algunos de nosotros, el 3 de Abril del 98 cuando escuchamos en el programa de Sonia Briz esta sesión de Mulero. Todavía conservo el cassette en el que la grabé aquella noche, como algunas otras de esa época que igualemente sirvieron para introducirnos en cosas aparentemente más complejas pero que en el fondo son exactamente lo mismo: el ruidismo, los sonidos encontrados, Steve Reich, John Cage, la música concreta, el futurismo, el "arte en la calle", la participación ciudadana, el I-Ching, la vanguardia para la clase trabajadora, el do it yourself, la posmodernidad, la disolución del yo.

jueves, 16 de octubre de 2008

Stereolab, Pontevedra 21 noviembre



















"Sublimar" es un término que en el psicoanálisis clásico identifica el proceso mediante el cual la mente reprimida desvía una parte de su interés, su tiempo y energía desde el orden de lo sexual a cualquier otro ámbito de la vida. La ciencia, el arte e incluso el amor serían según esta explicación un método autoinducido mediante el cual el ser humano palia la ansiedad generada por sus impulsos sexuales para no verse en conflicto con su conciencia, que le impide vivir en libertad sus deseos.
Por otro lado, "Neurosis" es una patología en la cual el grado de represión es tal que el individuo ni siquiera consigue autoengañarse con la sublimación, y vive en un perpetuo bucle de sufrimiento tibio pero sostenido. Etimológicamente, el neurótico es el hombre que sufre más allá de lo soportable: en su caso, la neurosis es lo único capaz de garantizar un cierto grado de cordura. Es una persona que se oculta a sí misma la verdadera naturaleza de su tristeza, porque de traerla al plano de lo consciente, le resultaría imposible vivir. Pero esto está explicado mucho mejor aquí. Digo esto, porque tras tanto tiempo en silencio y meditando, he llegado a la revelacioón cósmica de que estamos todos como putas cabras.
Respecto a "lo mío", he de decir que estoy espezando a estar supercómodo en mi soltería, y sin ganas de aguantar las trampas de l´amour . Este año he intentado mantenerme en un discreto segundo plano intentar gestionar como he podido el tema de mi compleja y azarosa separación, que ha sido para mí mucho más trágica y dura de lo que pensáis, pero que me ha sido utilísima para conocerme mucho mejor a mí y a los que me rodean, a superar mi neurosis y a tener mucho más claro quién es quién. De hecho, en estos momentos todo lo del psiconálisis me parece un juguetito intelectual medianamente sofisticado, si lo comparamos con la otra disciplina que me está seduciendo últimamente: la mecánica cuántica, de la que hay abundante videografía en el emule, y que os recomiendo investiguéis porque sus consecuencias en la interpretación que hacemos de lo real y lo subjetivo son abrasivas.
Continuando con el tema soltería, me he abierto unos cuantos perfiles en páginas de ligoteo virtual, y la verdad es que es un tema que da para unos cuantos posts de esos graciosos con los que me desmarco de vez en cuanto, así que estad atentos porque hay mucha telita que cortar y mucha posmodernidad sexuarl ectoplasmática en el mundo del ciberamor. En los próximos días os relataré mis cataclísmicas experiencias en ese mundillo.
Para celebrar mi reentré en las redes sociales, he seleccionado unos cuantos youtubes musicales en la vana voluntad de convenceros de que dejéis de una puñetera vez de escuchar pop-rock emocional y le déis oportunidad a la música musical. Reconozco que me paso con el tema del techno, que seguramente no de para tanto, pero... es mi mayor sublimación en estos momentos. He proyectado en el toda mi subjetividad y me ha devuelto los mejores momentos de estos meses, y nunca me cansaré de repetir que en pleno 2008 ya no es sostenible ese tipo de música (ególatra, individualista y retrógrada) del tipo "yo y mis desamores" que tanto prestigio sigue teniendo entre los arquitectos. Dadle una oportunidad a esto:

Nathan Fake - The Sky Was Pink( James Holden Remix )

Porque este fin de semana es el 981 y el minimal es la música más bella de hoy en día, cuando está hecha con sentidiño. Me muero de ganas de que llegue el sábado y escuchar un montón de buenos temas, aunque la sesión de Andrew Wheatherall del año pasado (seguramente la mejor que he escuchado nunca) es muy difícil de superar.

Pan Sonic - Urania (Disturbed Schizzo version)

Arquitectos, poneos a la altura de la contemporaneidad de una puta vez

Monolake - Ionized

Maurizio - M4

Maurizio - M 7

Maurizio - M 4.5 (a-side)

Maurizio - M 6 (b-side)

Maurizio - M06a1
Maurizio siguen siendo mi grupo de techno favorito y espero que escuchés la belleza de estas canciones, de las cuales el 4.5 me parece la canción alemana más bonita de los últimos 20 años.

British Murder Boys Documentary
Impagable entrevista ilustrativa de quiénes son Anthony Childs y Karl O´Connor, mis grandes ídolos.

Surgeon meets Vice - The Point
Esto es lo que sonó durante años en las mejores casas okupadas de Europa

Spacemen 3 Interview - Sonic Boom and Jason Pierce
Otros dos grandes, leyendas vivas y colocadas

Sunn O))) - It took the night to believe
¿Metal extremo repetitivo, ambiental y minimalista? Chicos: todo está inventado

STEVE REICH Piano Phase accompanied with Choreography Pt.1/2
Flipad no solo con la canción, sino con la virguería de la sombra central, que expresa de modo deslumbrante la intención de Reich en este temazo.

Steve Reich - Violin phase
Otro escalofrío

John Cage - Water Walk
Valentía, audacia y subversión es lo que tenía este tío, y no J ni Floren

Iannis Xenakis - Psappha
Este menda trabajó con Le Corbusier, pero eso me importa un pepino: sus temas percutivos te dejan con la boca abierta

Cielo MTV-FIB entrevista-cielo no futuro
Genio y figura hasta la...ejem...sepultura

Silvania solineide 1992.imagenes en super 8

Víctor tiene este vinilo y algún día se lo robaré: quizás él y yo éramos los únicos flipados con el Shoegazing en España en 1992. Tuvimos mucha suerte de habernos conocido.

Suicide - Ghost Rider

ObsCuruM-InQuisiTion TecHnoloGy

Aphex Twin - Milkman

AFX - Analord 9. 02
Mi canción bailable favorita de Rich James

Autechre - Gant Graf
Termino con un clasicazo que muchos ya tenéis controlado, en honor al mejor grupo de nuestra generación.

jueves, 7 de agosto de 2008

lo real

























































Los ejercicios acostumbrados de contemplación, deriva, ilusión, hastío y fracaso empezaban a resultarle francamente tediosos por lo obvio de su repetido desenlace. No había sorpresa ni credibilidad posible en sus rutinas, de pesos y medidas ya contrastadas, y sin apenas fuste como para servir de motor de cambio alguno. En sus pacientes y penetrantes jornadas de cuerpo recostado y pensamiento ingrávido, comprendió que muchos de los ítems que utilizaba como ansiolíticos, habían terminado por orquestar una macabra coreografía de la que era prisionero, habiéndose abandonado a inercias involuntarias.

“Soy prisionero de mis terapias, y las medicinas se han transformado en ansiógenos cegadores”.

Una cierta y persistente sensación de incomodidad le había acompañado desde siempre. como un silente soplo de melancolía que en ocasiones le había proporcionado momentos de dulce y triste plenitud, pero que en la medida en que era fuente de inacción y estatismo, había empezado a resultar exasperante, y todo punto innecesaria. Se dijo a sí mismo: voy a dejar de ser una persona triste.
A su alrededor, no eran pocos los que consideraban que su perenne, parsimoniosa y autoflagelante soledad era en realidad un teatrillo de peluche existencialista, la párvula pretensión del que busca edificarse una identidad magnética a base del runrún de un malestar de ópera ficción. Sin embargo, y pese a haber llegado a ese momento en la vida en el que se supo completamente solo, no había logrado dejarse derrotar por las voces de los demás. Los otros no habían podido acabar con su tristeza, como tampoco él mismo, así que su relación con su propia melancolía se había vuelto terminantemente cerebral, distante y crítica, sin espacio para el miserabilismo. “Tristeza, sé que estás ahí y eres de verdad, pero no voy a ser tu cómplice”, redactó en uno de sus poemas, en los que ya no creía.
La disconformidad con su perenne desánimo le había llevado a interesarse por el mundo de la psicología, la teología, la filosofía y la quiromancia, pues tales parecían ser las únicas disciplinas que atendían el asunto que le preocupaba. Los gritos y los susurros del aparentemente plácido y jubiloso consumismo de sus congéneres no le podía resultar más ajeno, pues sabía que la fórmula del capitalismo sólo funcionaba a costa de renunciar a la satisfacción, precio que él no estaba dispuesto a pagar. El cerco con el que pretendía acorralar, atajar y desmontar su tristeza le había llevado a hacerse preguntas cada día más severas y generales, en divagaciones metafísicas muy poco contrastables en la opacidad de lo real, hasta que en un determinado momento asumió que para destruír esa melancolía con la que se resistía a convivir, era necesario llegar a comprender los Absolutos. Llegó en sus delirios esencialistas, a interrogarse por los pilares del cielo y del infierno, de lo Justo, lo Bello, lo Divino y lo Humano, sin hallar respuesta.
Su obsesiva y caótica búsqueda de los límites de la realidad había producido frutos más amargos de los deseados. En una revelación perseguida, argumentada, paciente y finalmente azarosa, logró durante breves instantes contemplar el mundo desde una atalaya límpida de las distorsiones del Yo y de Lo Humano que se interponían como murallas en su búsqueda. Saliendo de sí mismo(del único modo posible), contempló a sus semejantes enfrascados en sus vidas, y descubrió que la cordura y conciencia que les guiaban no eran sino formas inconscientes de una esquizofrenia compartida y consensuada, cargada de armas lógicas y sentimentales para mantenerse a salvo de inquisiciones que restasen credibilidad a su innegociable verdad. Supo entonces que todo del aparataje intelectual de la especie humana no era más que una sofisticada y casual invención de la naturaleza para salvar de la autodestrucción a un producto orgánico con la comida asegurada.
Se dijo: el hecho cultural es un velo con el que nos escondemos de lo innecesario de nuestra existencia. El pensamiento fue un arma de conquista que, una vez todo fue conquistado, hubo de perpetuarse mediante el autoengaño. La razón se ha vuelto innecesaria una vez sobrepasó el motivo que la hizo imprescindible: garantizar la supervivencia. La falacia de la existencia de nuestra “humanidad” nos mantuvo a salvo de la gélida inanidad del hecho de estar vivos. Mi vida no es más que un trozo de la vida, de toda ella, la de ayer y hoy y mañana, que extrañamente y sin motivo aparente evolucionó hasta tener en mí a alguien capaz de saber que existía.

En un café, como sus ídolos románticos, apuntó en una libreta sus pensamientos intentando que su redacción resultase bella y heróica. Se perdió luego y como siempre en la ciudad, sabiéndose trágico salvaguarda del secreto más lastimero, de la verdad prohibida que a otros antes que a él había condenado a un temperamento melancólico y huidizo. Escondió su revelación en un supermercado en el lugar más ubicuo y por tanto menos desenmascarable: en brick de cartón, con su código de barras y envasada al vacío.
A continuación, olvidó sus fetiches culturales y se sumergió en el silencio. Dejó de creer en la vanguardia y se rió con sorna de la vacuidad del arte, la ciencia y la pornografía. Se puso ropa cómoda para, como todo el mundo, disfrutar distendidamente del tiempo que le restase hasta su muerte.

Fin.

martes, 5 de agosto de 2008

zombies party






















Las anécdotas siempre son bien recibidas cuando pertenecen al limbo de los recuerdos a los que hemos sobrevivido, o mucho mejor cuando son cosas fuertecitas y graciosas que le pasan a los demás. Así que la anécdota que os voy a relatar a continuación, por ser aún demasiado reciente como para haberla convertido en leyenda, y teniendo en cuenta que soy uno de los protagonistas, es de las que tengo ahora mismo en las páginas de Sucesos truculentos. O no. No sé, tiene su componente de susto, de putada pero también y como reconocía una de las implicadas, de comedia cutre de teenagers serie z. Ahora empiezo a reírme al recordarlo, pero maldita la gracia que me hizo en el momento.

La odisea empezó el sábado por la tarde, con servidor bailoteando él solo en su chambre y flipándolo con lo que prometía ser una noche de infarto, un reencuentro por la puerta grande con los grandes saraos techno de los que me gustaban en los 90, uno de los momentos álgidos de las vacaciones y un divertidísimo viaje con dos amigas. Todo estupendísimo. El viaje de ida, como no podía ser menos, fue de lo más jovial y agradable entre cotilleos, bromas, planes, chistes y mamarrachadas marca de la casa. Tras aparcar el coche en Vigo y tomar un algo, cogimos el bus que había de llevarnos al IFEVI, y ahí empezó a evidenciarse el cariz de los acontecimientos y la naturaleza de una cita club-culture de lo last como era el Creamfields: a la gua-gua subían como si tal cosa manadas y manadas de adolescentes descarriados vestidos con ropa semiplayera pero carísima (rollo Volcom), ojos de recién fumados, y bolsas y bolsas de alcohol para amenizar la cita cultural, mientras nosotros intentábamos mantener la compostura de talluditos modernísimos que para decir Hawtin pronuncian “Jautin”.

Llegar al recinto no pudo ser más revelador de lo que se estaba cociendo: coches tuneados con el maletero abierto y el chundachunda a pleno rendimiento, botellonazos multitudinarios invadiendo cada trocito de sombra, merchandising y copas gratis de los sponsors de siempre, y en general esa sensación en el ambiente de que la gente estaba allí para consumir de todo menos valeriana. Así que apelando al celebérrimo refrán allí donde fueres, haz lo que vieres, los 3 tecnores decidimos sumarnos a la celebración con la repostería gallega que en otras ocasiones nos dio tan buen resultado: cada uno, un delicioso y tonificante pastelito de cannabis, a eso de las 21 de la noche y para entrar con buen pie al recinto desde el que salía el bombo que se oye siempre en las puertas de los festivales. Con la merienda (maldita merienda) ya en el buche, entramos al Evento Cultural y nos encontramos con un paisaje casi post-nuclear que, por lo rumboso de los participantes, parecía un after: un gigantesco espacio tipo nave industrial con un dj al fondo y centenares de drogados bailando esquizofrénicamente bajo los últimos rayos del sol que entraban por los lucernarios. Si algo bueno tienen los saraos techno es que nadie tiene sentido del ridículo y, siendo sus drogas mayormente buenrollistas y generadoras de amor universal, cualquier cosa rara que te encuentres te parece respetable y hasta entrañable. Lo malo es que a las 21 de la noche y bajo la luz del sol, ver a 3000 yonkis pasadísimos moviendo el cucu como si fuese el día de los muertos, da una sensación extraña, como de revelación cósmica en plan “Oh Dios todopoderoso, ¡qué hace el ser humano en el mundo!”. El paisanaje era mayormente de veinteañeros pasados de revoluciones y adolescentes de pueblo a los que sólo les faltaba el arado, todos imbuidos en una metrosexualidad rural estéticamente pavorosa; del prototipo femenino de ese día no hablaré para ahorrarme acusaciones de misoginia. Había freaks, por supuesto, como una yonquette disfrazada como Amy Whinehouse (pero tal cual, el moño era perfecto; muy riquiña, y me ofreció drogas que por supuesto no acepté) , una pandilla de culturistas deformes que bailaban FATAL mientras se creían los reyes del cotarro, disco-divas maquilladas como para trabajar en la sala Bagdad, nerds que se tomaban su primera pastilla y se les notaba a leguas, y algún moderno de pitillos morados con cara de “dónde coño me he metido”. Escogido un lugar estratégico en el que mover nuestras posaderas, empezamos a bailotear tímidamente hasta que poco a poco, los efectos de las cookies empezaban a hacer efecto. En un determinado momento de la sesión de Agoria (bastante bien, por cierto, con algunos momentazos de techno francés épico muy locomotores) mis compañeras se excusan para salir a comer algo y tomar el aire. Ahí tenéis a servidor bailando solo con una sonrisa de oreja a oreja y disfrutando del ubicuo minimaleo para las clases trabajadoras, mientras poco a poco iba siendo rodeado y absorbido por la masa de danzarines out of bounds, mientras se hacía de noche y empezaba le escenografía fascista de estas situaciones: luces hipnóticas, la masa flipadísima y el bombo marcial retumbando por si hubiese alguien que no se hubiese metido estimulantes. Mi alegría por estar en una situación tan disfemística y poco habitual se fue diluyendo a medida que el ambiente se iba haciendo más y más vulgar. A eso de las 23 me dirijo a la puerta a descansar y “verlo todo desde fuera”. Y si no estás participativo y lo ves todo desde la distancia, el espectáculo era muy surreal y casi pesadillesco: miles y miles y miles de mamalones celtibéricos participando en pedestres rituales de ocio y apareamiento consistentes en enseñar cacho, mover el chimpún, ofrecer drogas al vecino e intentar tocar pelo. O algo así. El caso es que en ese momento y por el mal viaje de una killer cookie de efectos psicodélicos, yo era ya muy escéptico respecto a la supuesta dimensión cultural del acontecimiento. Lo que toda la vida me habría parecido con total naturalidad una fiesta perfecta, me parecía ahora una panochada alienante embasada para masas de escasos recursos intelectuales. Doctor, ¿me estoy haciendo viejo?

A eso de las 12 y media, con los biorritmos decelerados respecto al speedico y oligofrénico ambientillo que me rodeaba, recibo una llamada desde Koru: se me informa de que mis dos acompañantes estaban en el hospital bajo los efectos catastróficos de nuestro tentempié de mantequilla, harina y marihuana. Yo no daba crédito ante la noticia, pues me sentía más o menos lozano en aquel momento e incluso ansioso de sumergirme de nuevo en el mongolerío clubber circundante. Así que asustadísimo me cojo un taxi hasta el Meixoeiro con un colocón de mil pares de cojones y esperándome encontrar cualquier cosa pavorosa. Y lo que me encuentro es a dos zombies completamente apapanatadas y en una deriva psicodélico-narcoléptica de primerísima magnitud. La sujeto a la que llamaremos “M”, pobrecita, estaba tumbada en una cama en la misma postura que la momia de Nefertiti, completamente grogui y con una sonrisa de oreja a oreja en plan “estoy en el limbo del amor”. Y a la sujeto a la que llamaremos “I” la habían marginado a una periférica silla de ruedas en un pasillo, en la que la habían dejado en plan “Hala, bonita, quédate aquí a dormir la mona y no des el coñazo”, por lo que la pobre estaba dormida, despeinada, con un una cara de cabreo descomunal y una bolsa de plástico para eventuales vómitos, sin dejar de pedir una cama y solicitando para sí el mismo trato que recibiría cualquier otra enferma: inexplicablemente dado lo zombiótico de su estado, el personal sanitario daba por hecho que lo suyo no era más que un chupinazo salido de madre. Mientras, la sujeto “M” seguía con su sonrisa tóxica entre ronquido y ronquido, prisionera de los telúricos efectos de la inocente galletita, que se reveló una potente arma de destrucción neuronal masiva. Mi cabreo y mi acojone eran mayormente gigantes: no con ellas, sino conmigo mismo por haber ejercido de Killer Dealer, mientras orbitaba desde la cama de M a la silla de I, una y otra vez y sin saber cómo hacerlas recuperar la cordura y entereza. La médica me dice que simplemente han tenido un colocón oversize y que no pasa nada, que me las lleve y las ponga a dormir. Lo cual me pareció un diagnóstico de lo más impreciso, porque las chicas estaban fatal y no había manera de hacerles mover el pandero hasta un hostal. Yo podía volver a la fiesta a ver si entre baile y baile se me bajaba mi tajada, que también era importante, pero no podía dejar allí a las compañeras a expensas de que las despiadadas enfermeras las pusiesen de patitas en la calle en aquel estado de droguerío extremo. ¿Dónde podía meter a aquel par de cromos en que se habían convertido las coleguis, cuyo careto catatónico no dejaba esperanza a una inmediata recuperación del sentido de la realidad? Así que me dijo la médica que aguardase en la sala de espera hasta que mis amigas pudiesen salir de allí por su propio pié. Aquellas horas fueron un infierno: la sala de espera estaba tomada por extrañísimos no-vivos con cara de preocupación (por algo estaban en Urgencias), por la tele jugaba Rafa Nadal (y para colmo de males, el muy gilipollas PERDIÓ EL PARTIDO) y desde las ventanas se podía escuchar el bombo del Ritchie Hawtin que nos estábamos perdiendo. Cagüentodoloquesemenea.

Al borde del colapso tras tres horas en el hospital esperando a que las niñas despertasen de su letargo, las veo aparecer con rostro moribundo y tras una breve espera nos cogimos un taxi hasta un hostal, que por supuesto y para más inri no tenía habitación hasta que le insistimos al Norman Bates de rigor de nuestra urgencia por reunirnos con Sandman: los tres estábamos hasta los cojones, completamente aplatanados and beyond , y hubiésemos dormido en la acera más cercana de no haber convencido al hotelero de que queríamos una habitación, sí o sí. Estábamos hechos un fistro duodenal (aunque yo me esforzaba por mantenerme al mando, dado el estado comatoso de M e I) . A la mañana siguiente, todavía completamente zombies por el mazazo de esas galletitas letales, cogimos el coche hacia Coruña, seguramente de modo temerario dado el tryp en el que seguíamos, y conseguimos llegar sanos y salvos a casita, y tras unos minutitos descojonándome por lo patético de la historia, conseguí dormir. Con lo cual, mi Creamfields se resume en: Agoria (muy bien), Tiga (regular) y Chemical Brothers (muy mal); una tajada soporífera de 4 horas en el hospital, y un importante gasto logístico. Con el lado positivo de que al final no pasó nada importante y que todo fue un susto un poco cutre y un desencuentro total con los festivales multitudinarios, a los que tardaré mucho en volver. “M” e “I” (perdonad que escriba sólo iniciales: desde las querellas de I punto P punto al Aquí hay tomate, es mejor no herir susceptibilidades) están bien aunque con una resaca bestial tras ingerir una modesta galletita capaz de tumbar a un elefante. Todo muy extraño y lynchiano, pero a la postre una anécdota al filo del abismo, de las buenas, de las que les cuentas a tus nietos, de las que te ríes cuando has olvidado el mal rollo y el dolor de cabeza. Lo cual en este caso seguramente tardará mucho en suceder.

Hay una teoría humanística que asegura que en realidad el comportamiento del hombre lleva siendo el mismo desde que el mundo es mundo. Yo me imaginaba, en un ejercicio de equivalencias, a las primitivas sociedades de Neandertales & Cía. actuando del mismo modo mongol que nosotros; en Atapuerca, los machos alardearían entre sí de quién ha cazado el mamut más carnoso, las marujas cotillearían sobre intimidades del troglodita de al lado, y los jóvenes homo erectus a buen seguro se divertirían tres cuevas más abajo consumiendo plantas tryposas, bailando gilipollescamente al son de huesos golpeados, e intentando parecer cavernícolamente sexys, igual en el 2008 d.c. que en el 20008 a.c.. Va siendo hora de poner en duda el evolucionismo darviniano y tomarse en serio la involución que nos ha llevado de la Edad de Bronce a la Edad del MD. Pero lo más patético es que los que terminaron en el hospital no fue ninguno de los miles y miles de ravers descocados que tanto escándalo nos causaban (fue llegar al local y pensar con soberbia: ¿estos drogados qué se han metido, por qué se comportan así?...¡y nosotros fuimos los mayores die-hard yonkis y las únicas víctimas de la bacanal!) sino tres inocentes carrozones con ganas de mambo cultural como nosotros. Sólo sé que paso de Burroughs, de Leary, de Escotado, de Lou Reed y de la puñetera Amy Whinehouse: ¡que viva lo Light!. Si en lugar de haber jugado a ser teenage cavemen nos hubiésemos dedicado, como nos tocaba, a simplemente cotillear sobre las intimidades del troglodita de al lado, todo hubiese ido sobre ruedas. Todo por una yoya con receta estilo afgano…así están en esos países. Como cabras.

Hala, ya podéis reíros de nosotros.